miércoles, 25 de diciembre de 2013

Navidad, tradición y balompié















   Ensombrecida por el laicismo, la Navidad ha caído en una abulia mecanicista que usa de hábitos y costumbres para mantenerse a flote y que, hoy por hoy, se centra en un idílico reunirse para comer con la familia y repartir algún regalo. No me preocupa, tradiciones más altas han perecido y no soy especialmente religioso. Es falso, sin embargo, que vivamos en un Estado laico: la iglesia está vinculada a su construcción y a su desarrollo y, según quién gobierne, aún influye en designios y mandatos -vid la nueva ley del aborto- filtrándose aquí y allá y manejando los hilos en sombra, pese a que no tiene nada que ver a cómo era en tiempos más dictatoriales o, y ahí voy, en oscuros siglos pretéritos. En aquellos tiempos, comportamientos como el de Lope de Vega (cuya vida licenciosa está bien documentada) no eran desacostumbrados: continuó por la descuidada senda del pecado pese a haber sido ordenado sacerdote en 1614: siguió teniendo hijos y estrenando obras casi al mismo ritmo. El fénix de los ingenios sentó, en 1609, en su Arte nuevo de hacer comedias, las bases del teatro moderno y del espectáculo en general: ¨(...) y escribo por el arte que inventaron/ los que el vulgar aplauso pretendieron/ porque, como las paga el vulgo, es justo/ hablarle en necio para darle gusto¨.  Lope, en fin, defendía así su capacidad como dramaturgo: le doy al público lo que quiere porque es el público el que me paga. Bastante razonable.


   En el siglo II después de Cristo, el poeta Juvenal recoge en sus sátiras el lamento de una generación perdida en las garras del imperialismo, contraponiéndola con algún tiempo pasado que sin duda fue mejor y en el que el pueblo romano aún tenía derecho a voto, se preocupaba por las tareas del gobierno y nombraba cargos y magistraturas. Ahora, dice Juvenal en su Sátira X, el pueblo desposeído del voto solo se preocupa por dos bienes, a saber, pan y circo: ¨ya hace años, desde que los votos a nadie/ vendemos, que hemos abandonado nuestros deberes, pues aquel que antaño/ otorgaba gobierno, fasces, legiones, todo, hoy en día se/ limita y tan sólo dos bienes desea con ansia/ pan y juegos circenses¨. En nuestro terruño, tan poco dado a prestidigitaciones y otras artes de carpa, la frasecita del panem et circenses cundió, primero, en el siglo XVIII asimilada a la tauromaquia -pan y toros- y, luego, en el XX, y ya centrándonos en el tema que nos atañe, al fútbol, para canalizar la angustia y el desasosiego de la gente diversa hacia asuntos más balompédicos e inofensivos. Hoy, sin embargo, el selecto club que  nos contiene y masifica ha olvidado que el vulgo -nosotros, la infantería- si no lo sosiegas con pan (y se valen de una crisis sin forma ni final para no hacerlo) y no lo distraes con circo, te puede reventar en las manos como una rebelión indómita y desgarradora. 


   Así, mientras en el Reino Unido celebrarán mañana el Boxing Day con una jornada completa de todas las divisiones del fútbol profesional -y habrá otra el sábado y una más, increíblemente, el día de año nuevo, sin resaca y sin complejos- en la que el centro de atención son los niños y sus las familias -y a la vez es una tremenda operación de marketing en la que se recauda mucha pasta vendiendo pipas y camisetas, las gradas están repletas y el espectáculo garantizado-; aquí, en el baldío lodazal patrio, la asociación de unos jugadores malcriados bien pagados y consentidos se niega a jugar en vacaciones, aferrándose a los derechos que tienen como personas humanas con pelo y piernas de pasar las fiestas con sus familiares en sitios tan fantásticos como las Seychelles o las Maldivas. Y la federación que debería obligarles a jugar, por el bien de la gente que se deja la soldada y la ilusión en los abonos y las discusiones, organiza torneos chapuceros e infectos como la Copa del Rey, en la que solo priman los intereses de los equipos poderosos que solo aprecian la copa si la ganan, y si no la tildan de  torneo menor sin interés en el que alinear a sus jugadores menos probables para darles minutos y algo en lo que pensar. Otras competiciones de otros países más civilizados y competentes, la NBA por ejemplo, vertebra su calendario anual teniendo en cuenta que la tarde de Navidad hay que ofertar los mejores partidos del año, o los más morbosos o los más competidos. Así, y desde hace un rato, están jugando los Lakers -uno de los equipos con más tradición y seguidores- y Miami -la potencia actual, el equipo a batir, en el que juega el mejor jugador de la competición-. ¿Os imagináis una tarde de Navidad televisiva con Messi y Cristiano frente a frente? Yo no. El fútbol nacional, en fin, ha dejado de pensar en su público -como el cine- y, como bien sabía Lope, un dramaturgo que ignora al que le llena las butacas corre serio peligro de que lo saquen a gorrazos del escenario y de ir derechito al infierno, por zoquete. Estáis avisados. 

jueves, 19 de diciembre de 2013

Mientras sube la luz, baja la democracia

   Abrazamos a Belén Esteban o a Cristiano Ronaldo para relajarnos, porque en casa necesitamos desconectar, olvidarnos de nuestros problemas por un rato. Hoy he querido caer en la cuenta de que ese momentáneo olvido, que pareciera tan necesario, es la verja de la jaula en la que nos hacinamos presos por el bien de la democracia, es la zanahoria gigante que perseguimos colina arriba a la espera del palo que habrá de devolvernos al abismo no sé si de Helm. Y mientras ponemos las neuronas en remojo y hasta mañana, nos están desmantelando el país a manguerazos, pero nosotros solo estamos deseando amanecer para discutir en la oficina si fue penalti la postrera entrada de Jorge Javier a Kiko Hernández. Vivimos, sí, en una celda con vistas en la que a veces llueven cacahuetes y caricias, envidiando el palacete que nunca será, o el ático de alquiler imposible en el que podríamos jugar un cinco para cinco en el salón y de portería ese sofá y el reloj de pie de a mil euros la unidad. A veces, con el fluir de los días, la rabia nos impulsa a blandir los puños a través de los barrotes, maldiciendo a los banquíticos (banquero+político, también sirve politiqueros, pero es más tosca) por mantenernos encerrados sin sospechar -o quizá sí lo sospechamos pero nos atenaza el miedo- que las puertas están abiertas de par en par y que el aire de ahí afuera no está contaminado, o no del todo, o no más que el de aquí dentro.


   Desde primero de carrera comprendí que la Historia de la literatura es una enorme hoja de excel en la que si no te encasillan no sales en la foto. Todo movimiento es útil en tanto se pueda adocenar bajo un epígrafe, bien ordenadito. De igual modo, en este país putrefacto y festivo, nos etiquetan y nos reducen: te gusta la masturbación, la eutanasia, los pistachos y el cine francés -eres de izquierdas- o lo tuyo es bendecir la mesa, los puticlubs, el racismo y el sobrepeso -eres de derechas-. Y a los que bebemos de casi todas las fuentes, como no saben muy bien qué hacer con nosotros, nos animan (y con animar quiero decir obligar) a tomar partido, a acercarnos al lado que más caliente. Lo suyo es que el número de díscolos y apátridas sea lo más reducido posible. Y luego ellos, los politiqueros, se deslizan sobre el púlpito, en el escenario, y dramatizan la realidad insultándose convenientemente, acusándose unos a otros de malversar, de tergiversar y de diversificar los panes y los peces, al grito de puto fascista y rojo de mierda, para hacer más creíble la pantomima, para ganar más adeptos y educar más acérrimos votantes. Y luego se van juntos de cañas. Y nos decimos: pase lo que pase, yo voto a mi partido. Pero, ay, estamos cayendo en la cuenta de que el partido es suyo y nosotros, espectantes sufridores, solo servimos para pagar el recibo y dejarnos la garganta en la grada y la cartera.


   Quiero decir que a la ralea gobernante y dirigente le interesa formar con nosotros dos bloques muy bien catalogados para que, a la hora del sufrago a tal, surja la necesidad del voto útil y del yo jamás apoyaré a esos proges asquerosos, a esos meapilas beatificados, a esos piesnegros tamborileros. Quiero decir que nuestro amparo electoral les sirve a ellos para hacer y deshacer a su antojo, poniéndose por bandera lo que ellos creen que los españoles han decidido, o lo que dicen creer. Huyamos, pues, del voto útil. Que el odio al onanismo o a los snacks no nos ciegue y vislumbremos al fin la verdad: los banquíticos no tienen ética ni creencias ni dogma ni estilo ni candor y lo único que quieren es birlarnos el parné. Y mientras nos cosemos a puñaladas en la calle por una lucha idiota e increíble, ellos se construyen un chalé sin adosar, a las afueras, al que nunca nos invitarán a tomar el té. Yo empiezo el uno de enero por boicotear la red eléctrica, hinchándome a velas y a conversación, y manteniendo solo encendidos la nevera y las planchas para el pelo, muera la televisón. Sin lo demás, podré vivir.


  

sábado, 14 de diciembre de 2013

Corred, insensatos: genética, política y realidad

   Una lectura atropellada y precoz de Richard Dawkins (El gen egoísta de 1976 y El relojero ciego de 1986) me provocó, durante mi plácida aunque atribulada primera adolescencia, una oscura fascinación por la muerte de la que no he conseguido librarme del todo. No es que aprovechara cualquier revés sentimental (y los hubo y accidentados) para mirar con cariño las navajas, por citar a Miguel Hernández, y pensar en el suicidio como una salida reparadora de todo mal. Muy al contrario, me apesadumbraba la mera idea del fin. Así llegaron las brumas y las noches de insomnio.  Y es que, según le creí entender al científico británico, los humanos somos -como el resto de seres vivos es- apenas un saco de genes con patas que atravesamos la realidad siempre al servicio del inequívoco y silencioso mandato de nuestro ADN. De ahí, entiendo, nace mi rebeldía contra el statu quo preponderante: yo quiero ser inmortal, decidí. Pero no a través de mi obra, como decía Woody Allen, sino simplemente no muriendo. Le concedí a la ciencia la capacidad de inventar cualquier antídoto efectivo contra la vejez y el apagamiento -en los albores del siglo XXI, pensé, y si hemos llegado a la luna, supuse- pero la ciencia ha fracasado. Una relectura de Dawkins 15 años después me trajo la solución, una suerte de plan B en aras de la inmortalidad, pero no la mía, la de mis genes. Y así nació Julia. Alguno quizá vea  ese plan B con hijos al fondo de un egoísmo atroz por mi parte, cómo se me ocurre traer a alguien al mundo bajo la premisa de ser mi proyección y mi continuidad. No creo en la bondad intrínseca del ser humano, en su altruismo innato. Como máquinas de genes somos egoístas e insinceros, vivimos incrustados en un eterno quítate tú para ponerme yo -social y económico y sentimental- cuya última explicación es la necesaria permanencia de nuestro material genético. 


   Hay dos momentos de película que explican perfectamente mi relación con la política y que, leídos a la luz de la teoría evolutiva de los genes, no habrían de ser reprochables. El primero, volviendo a Woody Allen, es un fragmento de Annie Hall en el que el padre del protagonista le recrimina a su mujer que haya despedido a la sirvienta, y entre otras cosas le dice: "es negra, es de Harlem (...) tiene derecho a robarnos. Si no nos roba a nosotros, ¿a quién?". Eso pensaba yo hasta hace poco de los políticos, asumía infantilmente que algunos nos robaran si ello redundaba en el bien común , nos roban pero nos cuidan, y además no me sentía con capacidad ética reprobatoria para condenar esos hurtos pues, y ya entrando en el segundo fragmento cinematográfico, cuando Frodo le ofrece el anillo de poder a Gandalf y este lo rechaza advirtiendo que: "(...) utilizaría el anillo con ánimo de hacer el bien, pero conmigo desataría un poder muy grande y terrible de imaginar", al igual que Gandalf si yo fuera tentado por el poder político, quizá al principio usaría mi puesto para hacer el bien pero luego, doblegado por el saco egoísta y vicioso de genes que soy, sucumbiría a una espiral de prevaricación malversada y de doble fondo de la que ya no sería capaz de salir. Sin embargo, en este ahora crítico que nos abarca desde hace unos años, además de robarnos con fruición nos toman por imbéciles redomados -y es lógico pues durante 30 años se han empeñado en educarnos así, a la imbecilidad al cubo- y eso sí que no lo soporto.


   Y es que, en fin, los políticos se comportan muchas veces como el cerebro (a unos los guía la codicia, a otros el raciocinio, pero ambos dirigidos por sus genes): nos distraen con banalidades, y venalidades, de la mano derecha mientras que con la izquierda nos esconden lo fundamental. Así surgen los nacionalismos, la frontera de Gibraltar o el café con leche in a relaxing cup, del mismo modo que el cerebro humano nos distrae con los quehaceres diarios, la colada, el trabajo, los deberes o la cena frugal y entre tanto soterra el meollo: nos morimos y nada podemos hacer para remediarlo. Pero así como el cerebro está obligado a marearnos para que no entremos en lo profundo y no caigamos en la locura y así mejor reproducirnos (aunque a veces, en la soledad silenciosa de la cama, por la noche, no puedes evitar reparar en lo atroz de tu destino y sufres y no puedes dormir), los políticos no tienen mayor excusa que la de no poder negar su naturaleza humana, y eso es lo que me apesta.  Por eso yo, en las próximas elecciones, y en las que han de venir, votaré en blanco o no votaré y a los políticos en general les aconsejo, como Gandalf: "corred insensatos", porque las hordas descontentas y feroces que están criando apuntan a rebelarse al fin y a no dejar títere con cabeza. 

lunes, 9 de diciembre de 2013

Las mujeres que odian a los hombres

   Para desprender las telarañas narrativas que me rebozan desde mi ya no tan reciente paternidad, he dado en apuntarme a un taller de escritura creativa en el que comparto, semanalmente, prosa y quebrantos con un conjunto de señoras muy simpáticas que han asumido con naturalidad mis obsesiones y mis rarezas. Nos vemos los miércoles en un aula de la biblioteca de una pequeña ciudad  donde, durante un par de horas, solo sirve la literatura y sus alrededores. Recuperada -vagamente- la ilusión creativa todo iba de maravilla hasta que la semana pasada aterrizó por allí una alumna nueva de maneras grandilocuentes y cuerpo rabelesco. Desde el principio supe que nos odiaríamos con locura. A los diez minutos ya me llamaba por mi nombre de pila y yo hay familiaridades que no le permito ni a la ficción. Disertaba sobre los más diversos temas narrativos con una frugalidad alimentada por la ignorancia y la indiferencia. Hija adusta del todos tenemos una opinión y hay que respetarla, se atrevía a pontificar sobre las obras completas de Alice Munro justo después de confesar que nunca había leído nada suyo y nos regalaba los oídos con frases de antología como : "lo bueno de los cuentos es que cada lector tiene una opinión personal y lo malo de las mujeres es que a veces nos dejamos llevar demasiado" o, justo después de uno de mis breves comentarios sobre ni recuerdo qué, y señalándome con el pulgar desde su fila adelantada: "yo, claro, es que no tengo una opinión tan fundamentada como las de aquí atrás, pero es que trabajo catorce horas al día y carezco de tiempo para según qué cosas. Eso sí, me encantan los cuentos que escribo y tengo un concepto muy alto sobre mí misma, me quiero mucho". Ese tipo de persona humana.

   Hacia la bocina, y sin mucho tiempo para el debate, me tocó leer mi aportación quincenal que, en esta ocasión, era un cuento con moraleja. Yo escribí  esto y, entre las apresuradas evaluaciones apreciativas que coseché, se alzó su voz -chillona, sí, desagradable- para sentenciar, mirando a un lado y a otro y haciendo aspavientos y ademanes: "no me gusta, lo encuentro caótico y además me perdí, no entendí nada. Una cosa si digo, ¿qué pasa que hay que estar buena para que a una la miren?".  Me guardé de contestarle que en su caso, no, encajé, como casi siempre, la crítica en silencio, con los hombros encogidos y la sonrisa trémula pero, mientras recogía los pertrechos para irme hasta la semana que viene, noté que se daba media vuelta en su pupitre -se puso de pronto el sol, se eclipsaron los halógenos y sentí miedo-, y que me encaraba y me fulminaba al decirme: "Pero a ver, tus protagonistas se lían o qué, no lo entiendo, él que estaba enamorado o era solo sexo". Y sin darme tiempo a responder que daba igual, que eso no era importante para la historia, añadió: "creo que tratas con muy poco respeto a la mujer de tu cuento, no me gusta nada". En ese momento se hizo patente lo que ya se adivinaba: era una de esas absurdas ultrafeministas y rabiosas que aprovechan cualquier resquicio para odiar intensamente a los hombres, para hacernos pagar por los crímenes y las afrentas y los desmanes que otros hombres cometieron durante el tiempo conocido, para culparnos por el oprobio y el acoso y la humillación y las vejaciones varias a las que se han visto sometidas. Y eso sí que no, me niego a cargar con las culpas, a soportar más estigmas por el hecho de tener pene que el cáncer de próstata y la eyaculación precoz, pensé. Pero nada dije, no encontré las palabras adecuadas o no me atreví a pronunciarlas, y tampoco quise caer en su juego pese a que ella lo estaba esperando y lo estaba deseando: tú lo que necesitas es que te echen un buen polvo, pero quién iba a tener el cuajo. No lo dije y me fui a casa con la intención de darme una ducha y pasar página.


   Pero como todo, en este principio de siglo convulso y superfluo, parece crear tendencia, el ultrafeminismo no es menos. Y mientras conducía de vuelta a casa escuché en la radio que un tipo regañaba a otro por decir que tal actriz estaba muy buena: menudo machista estás hecho, le atizó. Me dieron ganas de parar el coche en el arcén de la autopista y ponerme a llorar. No sé si será culpa de los sucesivos planes de estudio o del influjo tenebroso de la tele o del cambio climático, pero cada vez hay más idiotas en el mundo. Vivimos, en fin, en la era de la tendencia  y de la asepsia, ahora hay que esterilizarse la lengua antes de hablar porque si no corres el riesgo de faltar al respeto a los posibles oyentes por tu falta de tacto y tus salidas de tono, o a tus personajes si te da por escribir cuentos. Pues oiga, si una mujer me cruzara por la calle y mirándome con cierta lascivia dijera: "vaya bueno que estás", a mí me alegraría la semana, la verdad. Y ni me ofendería ni nada, pero será que soy raro.