jueves, 19 de diciembre de 2013

Mientras sube la luz, baja la democracia

   Abrazamos a Belén Esteban o a Cristiano Ronaldo para relajarnos, porque en casa necesitamos desconectar, olvidarnos de nuestros problemas por un rato. Hoy he querido caer en la cuenta de que ese momentáneo olvido, que pareciera tan necesario, es la verja de la jaula en la que nos hacinamos presos por el bien de la democracia, es la zanahoria gigante que perseguimos colina arriba a la espera del palo que habrá de devolvernos al abismo no sé si de Helm. Y mientras ponemos las neuronas en remojo y hasta mañana, nos están desmantelando el país a manguerazos, pero nosotros solo estamos deseando amanecer para discutir en la oficina si fue penalti la postrera entrada de Jorge Javier a Kiko Hernández. Vivimos, sí, en una celda con vistas en la que a veces llueven cacahuetes y caricias, envidiando el palacete que nunca será, o el ático de alquiler imposible en el que podríamos jugar un cinco para cinco en el salón y de portería ese sofá y el reloj de pie de a mil euros la unidad. A veces, con el fluir de los días, la rabia nos impulsa a blandir los puños a través de los barrotes, maldiciendo a los banquíticos (banquero+político, también sirve politiqueros, pero es más tosca) por mantenernos encerrados sin sospechar -o quizá sí lo sospechamos pero nos atenaza el miedo- que las puertas están abiertas de par en par y que el aire de ahí afuera no está contaminado, o no del todo, o no más que el de aquí dentro.


   Desde primero de carrera comprendí que la Historia de la literatura es una enorme hoja de excel en la que si no te encasillan no sales en la foto. Todo movimiento es útil en tanto se pueda adocenar bajo un epígrafe, bien ordenadito. De igual modo, en este país putrefacto y festivo, nos etiquetan y nos reducen: te gusta la masturbación, la eutanasia, los pistachos y el cine francés -eres de izquierdas- o lo tuyo es bendecir la mesa, los puticlubs, el racismo y el sobrepeso -eres de derechas-. Y a los que bebemos de casi todas las fuentes, como no saben muy bien qué hacer con nosotros, nos animan (y con animar quiero decir obligar) a tomar partido, a acercarnos al lado que más caliente. Lo suyo es que el número de díscolos y apátridas sea lo más reducido posible. Y luego ellos, los politiqueros, se deslizan sobre el púlpito, en el escenario, y dramatizan la realidad insultándose convenientemente, acusándose unos a otros de malversar, de tergiversar y de diversificar los panes y los peces, al grito de puto fascista y rojo de mierda, para hacer más creíble la pantomima, para ganar más adeptos y educar más acérrimos votantes. Y luego se van juntos de cañas. Y nos decimos: pase lo que pase, yo voto a mi partido. Pero, ay, estamos cayendo en la cuenta de que el partido es suyo y nosotros, espectantes sufridores, solo servimos para pagar el recibo y dejarnos la garganta en la grada y la cartera.


   Quiero decir que a la ralea gobernante y dirigente le interesa formar con nosotros dos bloques muy bien catalogados para que, a la hora del sufrago a tal, surja la necesidad del voto útil y del yo jamás apoyaré a esos proges asquerosos, a esos meapilas beatificados, a esos piesnegros tamborileros. Quiero decir que nuestro amparo electoral les sirve a ellos para hacer y deshacer a su antojo, poniéndose por bandera lo que ellos creen que los españoles han decidido, o lo que dicen creer. Huyamos, pues, del voto útil. Que el odio al onanismo o a los snacks no nos ciegue y vislumbremos al fin la verdad: los banquíticos no tienen ética ni creencias ni dogma ni estilo ni candor y lo único que quieren es birlarnos el parné. Y mientras nos cosemos a puñaladas en la calle por una lucha idiota e increíble, ellos se construyen un chalé sin adosar, a las afueras, al que nunca nos invitarán a tomar el té. Yo empiezo el uno de enero por boicotear la red eléctrica, hinchándome a velas y a conversación, y manteniendo solo encendidos la nevera y las planchas para el pelo, muera la televisón. Sin lo demás, podré vivir.


  

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