Ensombrecida por el laicismo, la Navidad ha caído en una abulia mecanicista que usa de hábitos y costumbres para mantenerse a flote y que, hoy por hoy, se centra en un idílico reunirse para comer con la familia y repartir algún regalo. No me preocupa, tradiciones más altas han perecido y no soy especialmente religioso. Es falso, sin embargo, que vivamos en un Estado laico: la iglesia está vinculada a su construcción y a su desarrollo y, según quién gobierne, aún influye en designios y mandatos -vid la nueva ley del aborto- filtrándose aquí y allá y manejando los hilos en sombra, pese a que no tiene nada que ver a cómo era en tiempos más dictatoriales o, y ahí voy, en oscuros siglos pretéritos. En aquellos tiempos, comportamientos como el de Lope de Vega (cuya vida licenciosa está bien documentada) no eran desacostumbrados: continuó por la descuidada senda del pecado pese a haber sido ordenado sacerdote en 1614: siguió teniendo hijos y estrenando obras casi al mismo ritmo. El fénix de los ingenios sentó, en 1609, en su Arte nuevo de hacer comedias, las bases del teatro moderno y del espectáculo en general: ¨(...) y escribo por el arte que inventaron/ los que el vulgar aplauso pretendieron/ porque, como las paga el vulgo, es justo/ hablarle en necio para darle gusto¨. Lope, en fin, defendía así su capacidad como dramaturgo: le doy al público lo que quiere porque es el público el que me paga. Bastante razonable.
En el siglo II después de Cristo, el poeta Juvenal recoge en sus sátiras el lamento de una generación perdida en las garras del imperialismo, contraponiéndola con algún tiempo pasado que sin duda fue mejor y en el que el pueblo romano aún tenía derecho a voto, se preocupaba por las tareas del gobierno y nombraba cargos y magistraturas. Ahora, dice Juvenal en su Sátira X, el pueblo desposeído del voto solo se preocupa por dos bienes, a saber, pan y circo: ¨ya hace años, desde que los votos a nadie/ vendemos, que hemos abandonado nuestros deberes, pues aquel que antaño/ otorgaba gobierno, fasces, legiones, todo, hoy en día se/ limita y tan sólo dos bienes desea con ansia/ pan y juegos circenses¨. En nuestro terruño, tan poco dado a prestidigitaciones y otras artes de carpa, la frasecita del panem et circenses cundió, primero, en el siglo XVIII asimilada a la tauromaquia -pan y toros- y, luego, en el XX, y ya centrándonos en el tema que nos atañe, al fútbol, para canalizar la angustia y el desasosiego de la gente diversa hacia asuntos más balompédicos e inofensivos. Hoy, sin embargo, el selecto club que nos contiene y masifica ha olvidado que el vulgo -nosotros, la infantería- si no lo sosiegas con pan (y se valen de una crisis sin forma ni final para no hacerlo) y no lo distraes con circo, te puede reventar en las manos como una rebelión indómita y desgarradora.
Así, mientras en el Reino Unido celebrarán mañana el Boxing Day con una jornada completa de todas las divisiones del fútbol profesional -y habrá otra el sábado y una más, increíblemente, el día de año nuevo, sin resaca y sin complejos- en la que el centro de atención son los niños y sus las familias -y a la vez es una tremenda operación de marketing en la que se recauda mucha pasta vendiendo pipas y camisetas, las gradas están repletas y el espectáculo garantizado-; aquí, en el baldío lodazal patrio, la asociación de unos jugadores malcriados bien pagados y consentidos se niega a jugar en vacaciones, aferrándose a los derechos que tienen como personas humanas con pelo y piernas de pasar las fiestas con sus familiares en sitios tan fantásticos como las Seychelles o las Maldivas. Y la federación que debería obligarles a jugar, por el bien de la gente que se deja la soldada y la ilusión en los abonos y las discusiones, organiza torneos chapuceros e infectos como la Copa del Rey, en la que solo priman los intereses de los equipos poderosos que solo aprecian la copa si la ganan, y si no la tildan de torneo menor sin interés en el que alinear a sus jugadores menos probables para darles minutos y algo en lo que pensar. Otras competiciones de otros países más civilizados y competentes, la NBA por ejemplo, vertebra su calendario anual teniendo en cuenta que la tarde de Navidad hay que ofertar los mejores partidos del año, o los más morbosos o los más competidos. Así, y desde hace un rato, están jugando los Lakers -uno de los equipos con más tradición y seguidores- y Miami -la potencia actual, el equipo a batir, en el que juega el mejor jugador de la competición-. ¿Os imagináis una tarde de Navidad televisiva con Messi y Cristiano frente a frente? Yo no. El fútbol nacional, en fin, ha dejado de pensar en su público -como el cine- y, como bien sabía Lope, un dramaturgo que ignora al que le llena las butacas corre serio peligro de que lo saquen a gorrazos del escenario y de ir derechito al infierno, por zoquete. Estáis avisados.
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