Una lectura atropellada y precoz de Richard Dawkins (El gen egoísta de 1976 y El relojero ciego de 1986) me provocó, durante mi plácida aunque atribulada primera adolescencia, una oscura fascinación por la muerte de la que no he conseguido librarme del todo. No es que aprovechara cualquier revés sentimental (y los hubo y accidentados) para mirar con cariño las navajas, por citar a Miguel Hernández, y pensar en el suicidio como una salida reparadora de todo mal. Muy al contrario, me apesadumbraba la mera idea del fin. Así llegaron las brumas y las noches de insomnio. Y es que, según le creí entender al científico británico, los humanos somos -como el resto de seres vivos es- apenas un saco de genes con patas que atravesamos la realidad siempre al servicio del inequívoco y silencioso mandato de nuestro ADN. De ahí, entiendo, nace mi rebeldía contra el statu quo preponderante: yo quiero ser inmortal, decidí. Pero no a través de mi obra, como decía Woody Allen, sino simplemente no muriendo. Le concedí a la ciencia la capacidad de inventar cualquier antídoto efectivo contra la vejez y el apagamiento -en los albores del siglo XXI, pensé, y si hemos llegado a la luna, supuse- pero la ciencia ha fracasado. Una relectura de Dawkins 15 años después me trajo la solución, una suerte de plan B en aras de la inmortalidad, pero no la mía, la de mis genes. Y así nació Julia. Alguno quizá vea ese plan B con hijos al fondo de un egoísmo atroz por mi parte, cómo se me ocurre traer a alguien al mundo bajo la premisa de ser mi proyección y mi continuidad. No creo en la bondad intrínseca del ser humano, en su altruismo innato. Como máquinas de genes somos egoístas e insinceros, vivimos incrustados en un eterno quítate tú para ponerme yo -social y económico y sentimental- cuya última explicación es la necesaria permanencia de nuestro material genético.
Hay dos momentos de película que explican perfectamente mi relación con la política y que, leídos a la luz de la teoría evolutiva de los genes, no habrían de ser reprochables. El primero, volviendo a Woody Allen, es un fragmento de Annie Hall en el que el padre del protagonista le recrimina a su mujer que haya despedido a la sirvienta, y entre otras cosas le dice: "es negra, es de Harlem (...) tiene derecho a robarnos. Si no nos roba a nosotros, ¿a quién?". Eso pensaba yo hasta hace poco de los políticos, asumía infantilmente que algunos nos robaran si ello redundaba en el bien común , nos roban pero nos cuidan, y además no me sentía con capacidad ética reprobatoria para condenar esos hurtos pues, y ya entrando en el segundo fragmento cinematográfico, cuando Frodo le ofrece el anillo de poder a Gandalf y este lo rechaza advirtiendo que: "(...) utilizaría el anillo con ánimo de hacer el bien, pero conmigo desataría un poder muy grande y terrible de imaginar", al igual que Gandalf si yo fuera tentado por el poder político, quizá al principio usaría mi puesto para hacer el bien pero luego, doblegado por el saco egoísta y vicioso de genes que soy, sucumbiría a una espiral de prevaricación malversada y de doble fondo de la que ya no sería capaz de salir. Sin embargo, en este ahora crítico que nos abarca desde hace unos años, además de robarnos con fruición nos toman por imbéciles redomados -y es lógico pues durante 30 años se han empeñado en educarnos así, a la imbecilidad al cubo- y eso sí que no lo soporto.
Y es que, en fin, los políticos se comportan muchas veces como el cerebro (a unos los guía la codicia, a otros el raciocinio, pero ambos dirigidos por sus genes): nos distraen con banalidades, y venalidades, de la mano derecha mientras que con la izquierda nos esconden lo fundamental. Así surgen los nacionalismos, la frontera de Gibraltar o el café con leche in a relaxing cup, del mismo modo que el cerebro humano nos distrae con los quehaceres diarios, la colada, el trabajo, los deberes o la cena frugal y entre tanto soterra el meollo: nos morimos y nada podemos hacer para remediarlo. Pero así como el cerebro está obligado a marearnos para que no entremos en lo profundo y no caigamos en la locura y así mejor reproducirnos (aunque a veces, en la soledad silenciosa de la cama, por la noche, no puedes evitar reparar en lo atroz de tu destino y sufres y no puedes dormir), los políticos no tienen mayor excusa que la de no poder negar su naturaleza humana, y eso es lo que me apesta. Por eso yo, en las próximas elecciones, y en las que han de venir, votaré en blanco o no votaré y a los políticos en general les aconsejo, como Gandalf: "corred insensatos", porque las hordas descontentas y feroces que están criando apuntan a rebelarse al fin y a no dejar títere con cabeza.
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