Para desprender las telarañas narrativas que me rebozan desde mi ya no tan reciente paternidad, he dado en apuntarme a un taller de escritura creativa en el que comparto, semanalmente, prosa y quebrantos con un conjunto de señoras muy simpáticas que han asumido con naturalidad mis obsesiones y mis rarezas. Nos vemos los miércoles en un aula de la biblioteca de una pequeña ciudad donde, durante un par de horas, solo sirve la literatura y sus alrededores. Recuperada -vagamente- la ilusión creativa todo iba de maravilla hasta que la semana pasada aterrizó por allí una alumna nueva de maneras grandilocuentes y cuerpo rabelesco. Desde el principio supe que nos odiaríamos con locura. A los diez minutos ya me llamaba por mi nombre de pila y yo hay familiaridades que no le permito ni a la ficción. Disertaba sobre los más diversos temas narrativos con una frugalidad alimentada por la ignorancia y la indiferencia. Hija adusta del todos tenemos una opinión y hay que respetarla, se atrevía a pontificar sobre las obras completas de Alice Munro justo después de confesar que nunca había leído nada suyo y nos regalaba los oídos con frases de antología como : "lo bueno de los cuentos es que cada lector tiene una opinión personal y lo malo de las mujeres es que a veces nos dejamos llevar demasiado" o, justo después de uno de mis breves comentarios sobre ni recuerdo qué, y señalándome con el pulgar desde su fila adelantada: "yo, claro, es que no tengo una opinión tan fundamentada como las de aquí atrás, pero es que trabajo catorce horas al día y carezco de tiempo para según qué cosas. Eso sí, me encantan los cuentos que escribo y tengo un concepto muy alto sobre mí misma, me quiero mucho". Ese tipo de persona humana.
Hacia la bocina, y sin mucho tiempo para el debate, me tocó leer mi aportación quincenal que, en esta ocasión, era un cuento con moraleja. Yo escribí esto y, entre las apresuradas evaluaciones apreciativas que coseché, se alzó su voz -chillona, sí, desagradable- para sentenciar, mirando a un lado y a otro y haciendo aspavientos y ademanes: "no me gusta, lo encuentro caótico y además me perdí, no entendí nada. Una cosa si digo, ¿qué pasa que hay que estar buena para que a una la miren?". Me guardé de contestarle que en su caso, no, encajé, como casi siempre, la crítica en silencio, con los hombros encogidos y la sonrisa trémula pero, mientras recogía los pertrechos para irme hasta la semana que viene, noté que se daba media vuelta en su pupitre -se puso de pronto el sol, se eclipsaron los halógenos y sentí miedo-, y que me encaraba y me fulminaba al decirme: "Pero a ver, tus protagonistas se lían o qué, no lo entiendo, él que estaba enamorado o era solo sexo". Y sin darme tiempo a responder que daba igual, que eso no era importante para la historia, añadió: "creo que tratas con muy poco respeto a la mujer de tu cuento, no me gusta nada". En ese momento se hizo patente lo que ya se adivinaba: era una de esas absurdas ultrafeministas y rabiosas que aprovechan cualquier resquicio para odiar intensamente a los hombres, para hacernos pagar por los crímenes y las afrentas y los desmanes que otros hombres cometieron durante el tiempo conocido, para culparnos por el oprobio y el acoso y la humillación y las vejaciones varias a las que se han visto sometidas. Y eso sí que no, me niego a cargar con las culpas, a soportar más estigmas por el hecho de tener pene que el cáncer de próstata y la eyaculación precoz, pensé. Pero nada dije, no encontré las palabras adecuadas o no me atreví a pronunciarlas, y tampoco quise caer en su juego pese a que ella lo estaba esperando y lo estaba deseando: tú lo que necesitas es que te echen un buen polvo, pero quién iba a tener el cuajo. No lo dije y me fui a casa con la intención de darme una ducha y pasar página.
Pero como todo, en este principio de siglo convulso y superfluo, parece crear tendencia, el ultrafeminismo no es menos. Y mientras conducía de vuelta a casa escuché en la radio que un tipo regañaba a otro por decir que tal actriz estaba muy buena: menudo machista estás hecho, le atizó. Me dieron ganas de parar el coche en el arcén de la autopista y ponerme a llorar. No sé si será culpa de los sucesivos planes de estudio o del influjo tenebroso de la tele o del cambio climático, pero cada vez hay más idiotas en el mundo. Vivimos, en fin, en la era de la tendencia y de la asepsia, ahora hay que esterilizarse la lengua antes de hablar porque si no corres el riesgo de faltar al respeto a los posibles oyentes por tu falta de tacto y tus salidas de tono, o a tus personajes si te da por escribir cuentos. Pues oiga, si una mujer me cruzara por la calle y mirándome con cierta lascivia dijera: "vaya bueno que estás", a mí me alegraría la semana, la verdad. Y ni me ofendería ni nada, pero será que soy raro.
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